domingo, 17 de marzo de 2013

Asesinato de Oscar Arnulfo Romero



Recordando aquel fatídico lunes 24 de marzo de 1980, cuando la relativa tranquilidad de la Universidad de El Salvador, fue abruptamente interrumpida poco  después de las cinco de la tarde, al escucharse  por los altoparlantes de la Asociación General de Estudiantes Universitarios Salvadoreños (AGEUS),  la terrible noticia de que Monseñor Oscar Arnulfo Romero había sufrido un atentado, inmediatamente se paralizaron las actividades.

Cuando minutos después, por los mismos altavoces, se confirmó la muerte de Monseñor Romero, en un primer momento en la universidad  hubo un sepulcral silencio, pero, segundos más tarde, todas las personas que ahí se encontraban entraron  en pánico y  se produjo una histeria colectiva que provocó que todos corrieran en desbandada, atropelladamente, para salir del recinto universitario, increíble, pero en menos de cinco minutos  aquel lugar quedó totalmente vacío.

En un primer momento mi reacción fue agarrar las cámaras y salir para el Hospital Divina providencia; pero era tan fuerte la impresión de terror colectivo en la universidad, que, al igual que todos, también me llené de pánico y salí huyendo. No era para menos, la reflexión generalizada en aquel momento fue: “ Si han asesinado a Monseñor Romero, en este país matan a cualquiera”.

Esa negra noche del asesinato de Monseñor Romero, el miedo se extendió por toda la capital, al grado que sus calles a tempranas horas quedaron vacías. El silencio nocturno fue interrumpido por el estruendoso ruido de bombas que se escucharon por largo tiempo en la capital,  de esa manera las organizaciones populares manifestaban su dolor y cólera  por el vil asesinato de quien fuera el guía espiritual de todo un pueblo sometido a una irracional represión gubernamental y militar.

Cuando el féretro con el cuerpo del Obispo asesinado llegó a la Catedral, comenzaron a desfilar miles de personas que querían mirarlo por última vez, aquí se pudo observar especialmente a gente de los estratos pobres muy humildes como campesinos, estudiantes, religiosos, profesionales, obreros quienes con un profundo silencio y un especial respeto veneraban a Monseñor Romero, en muchos casos depositando una lágrima sobre el ataúd a la vez que lo tocaban y se persignaban. Mientras tanto, miembros de las comunidades cristianas, a un costado de la iglesia, se mantuvieron en constante vigilia durante la semana que duró el homenaje póstumo a Monseñor.

Inmediatamente que se conociera  la noticia del asesinato de Monseñor Romero, comenzaron a llegar al país grandes cantidades de periodistas, fotoperiodistas y equipos de televisión que venían a darle cobertura hasta en los mínimos detalles a este lamentable acontecimiento que fue portada de periódicos, noticieros radiales y de televisión mundial.

El entierro de Monseñor Oscar Arnulfo Romero fue programado para el Domingo  30 de marzo, inicio de la Semana Santa. Con gran expectativa se esperaba que asintieran a las exequias, miles de salvadoreños, así como numerosas delegaciones diplomáticas, políticas  y religiosas de muchos países, a pesar de que se respiraba un ambiente de inseguridad e intranquilidad.

Aquel Domingo  de Ramos, día del entierro, los millares de fieles comenzaron a llegar a Catedral desde  muy temprano, muchos portaban las tradicionales palmas de Semana Santa y otros llevaban fotografías del pastor asesinado, también las organizaciones populares, religiosas y sociales llegaban portando mantas alusivas a Monseñor, algunas fueron colocadas en el  exterior del Palacio Nacional. Muy pronto la iglesia y la Plaza Cívica estaban completamente abarrotadas. 

En un determinado momento, alrededor de las 11 de la mañana, yo me encontraba haciendo fotografías desde la parte alta de Catedral, cuando se  escuchó una fuerte explosión proveniente de un costado del Palacio Nacional, donde se observó una espesa columna de humo.

Enseguida comenzó un fuerte tiroteo que provocó que las miles de personas en la plaza corrieran desesperadamente, buscando la protección en el interior de la iglesia, en este intento murieron muchas personas aplastadas por la descontrolada muchedumbre.

Inmediatamente que el tiroteo se calmó, el centro de la capital se convirtió en un verdadero caos, los muchachos de las organizaciones populares voltearon y quemaron vehículos y un miedo insuperable invadió a las millares de personas que abandonaron con temor la concentración de los funerales del profeta asesinado.

El horrendo magnicidio de Monseñor Oscar A. Romero, en cierta manera, marcó para siempre la historia de los salvadoreños, es uno de los hechos  más trascendentales del país en el pasado siglo. No se podía creer cómo grupos extremistas de la derecha llegaran hasta el punto de asesinar al máximo obispo de la Iglesia Católica.

Cuentan que mientras miles de personas humildes hacían vigilias y  lloraban la muerte de Monseñor Romero, un puñado de políticos de la derecha y de adinerados celebraron este asesinato con sendas fiestas donde abundó el licor  fino y la buena comida.

Cabe mencionar que tras la mano de la nefasta persona  que empuñó la maldita arma que asesino a Monseñor Romero, existió toda una campaña orquestada por la derecha de este país, quienes a diario publicaba en los principales periódicos sendos campos pagados, firmados por personas y agrupaciones fantasmas que arremetían y vilipendiaban el pensamiento y el cristiano accionar de quien fuera el máximo representante de la iglesia.

Hoy, a 28 años del martirio de Monseñor Romero, miles de personas desfilaron por las calles de San salvador portando carteles alegóricos  y entonando lindas canciones que recuerdan la vida de tan ilustre personaje.  En la cripta de catedral, donde se encuentra  la tumba,  se congregaron muchos feligreses para recordar con cantos y anécdotas de lo que pasaba Monseñor cuando visitaba las comunidades campesinas de Chalatenango y le tocaba enfrentarse a los retenes militares que sin ninguna consideración lo detenían y lo sometían a interrogatorios.

Casi tres décadas han pasado desde aquel fatídico día 24 de marzo de 1980 y todo un pueblo espera con ansias justicia por este horrendo crimen y por el momento en que la Santa Sede del Vaticano ratifique la que es ya una  determinación universal de declarar a Monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdámez, como nuestro SAN ROMERO DE AMÉRICA.

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