domingo, 17 de marzo de 2013

El asesinato de los Padres Jesuitas

Aquella fresca mañana del 16 de noviembre de 1989, bajé muy temprano al comedor del hotel Camino Real, lugar donde nos habíamos trasladado la mayoría de corresponsales internacionales que cubríamos la ofensiva guerrillera denominada  “Hasta el Tope”.

Serian  pasadas las seis de la mañana y no era extraño la ausencia de periodistas a esa hora en el comedor,  ya que el cansancio afectaba debido al arduo trabajo que habíamos tenido durante cinco días, cubriendo los fuertes enfrentamientos en el interior del país y la capital, de lo que se consideraba el mayor enfrentamiento militar entre guerrilleros y soldados del ejercito, durante los doce años de guerra civil.  

En el momento en que me disponía a desayunar, se  me acercó uno de los empleados del hotel y en  forma cautelosa, con voz baja me comento,  acerca de un  rumor referente de  que algo grave pasaba en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, mejor conocida como UCA.

Un taxista le había contado al mesero del hotel, sin asegurárselo, que habían asesinado a varios sacerdotes jesuitas. Aquella información me estremeció  y sorprendió y pensé que posiblemente solo se trataba de una mala información.

En un principio dudé de la veracidad de aquel rumor; pero apelando a mi sentido periodístico y al razonamiento de que aquí en El Salvador, todo es posible después del magnicidio de nuestro querido Monseñor Romero, inmediatamente tomé las cámaras y salí a toda velocidad rumbo a la UCA a donde no me tarde más de 10 minutos en llegar para corroborar lo que pensaba era otra de las falsas informaciones de propaganda que se propalaban. 

Cuando entre  a la UCA por el portón del lado oriente, comprobé con profundo dolor y horror que  efectivamente la noticia se confirmaba. No podía dar crédito a lo que veía. 

Ahí estaban los cadáveres de seis sacerdotes jesuitas, una señora y una niña, que habían sido  horriblemente asesinados a balazos  En el patio se encontraban  los cuerpos boca abajo de cinco sacerdotes y en una habitación se encontraba otro. Los cadáveres de la mujer y la niña estaban en otro cuarto.

Los sacerdotes jesuitas asesinados eran, Ignacio Ellacuría, rector de la UCA; Segundo Montes,  Ignacio Martín-Baró, Armando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López. Las asesinadas eran la empleada Elba Ramos y su hijita Celina de 15 años.

Al poco tiempo de estar frente aquella escena dantesca, donde la muerte era el principal protagonista, me encontré con  mi buen querido amigo, el padre jesuita Rogelio Pedraz, quien  de milagro se había salvado de morir, gracias a que aquella fatídica noche no se  encontraba en ese lugar cuando sucedió la matanza.

El padre Pedraz me abrazó y se puso a llorar en mi hombro diciendo: “mira lo que les hicieron a mis hermanos”, aquellas sentidas palabras estremecieron mí ya atribulado corazón y no encontré palabras de consuelo, más que corresponder con un fuerte abrazo al respetable sacerdote.

Cuidadosamente hice un recorrido  por  la escena del crimen, fotografiando con mucho dolor esas imagines de muerte. Cuando entré al cuarto donde se encontraban los cuerpos de la empleada y su joven hija, encontré  a un señor con los brazos cruzados y con la vista fija sobre  aquellos cadáveres. Con el mayor respeto y sigilo  hice fotos,  para no  interrumpir aquella profunda meditación.

Después, supe que  esta persona era el señor Obdulio Ramos, esposo de Elba y padre de Celina. Como fotoperiodista, que trabajé durante  toda la guerra y a pesar de que a diario veía cantidad de cadáveres, nunca me acostumbré a este tipo de fotos donde se reflejaba el dolor y la impotencia, estos terribles hechos siempre  afectaba mi conciencia.

En un principio, los cuerpos  de los cinco sacerdotes asesinados que se encontraban afuera de la casa, estaban  cubiertos con unas sabanas blancas; pero a media mañana, cuando el sol comenzaba a calentar, llegaron los jerarcas de la iglesia católica, los Obispos Arturo Rivera y Damas y Gregorio Rosa Chávez, entonces se procedió a retirarles las sabanas a los cuerpos y fueron descubiertos para que los religiosos  pudieran apreciar, en toda su magnitud el lamentable estado en que  habían quedado.

Este fue el momento en que los camarógrafos y fotógrafos que ahí nos encontrábamos procedimos hacer las imágenes que impactaron al mundo.

Con relación a este cobarde asesinato, en un principio el gobierno del Presidente Alfredo Cristiani, especulaba sobre los culpables de tan horrendo crimen y como siempre había sido la tónica propagandística de la derecha, inmediatamente, sin aportar ninguna prueba, se lo atribuyeron a fuerzas guerrilleras; situación que  la izquierda negó con firmeza y  acusó a los Escuadrones de la Muerte del gobierno.

Pero lo que sí era cierto, es  que  desde el inicio de la ofensiva el 11 de noviembre,   cuando los medios noticiosos fueron silenciados por el Gobierno y pusieron  una cadena nacional de radio con la señal piloto de “Radio Cuscatlán”. 

En estas transmisiones a cada momento se acusaba a los sacerdotes jesuitas de la UCA, señalándolos como agitadores comunistas y, públicamente, se  les responsabilizaba por  la difícil situación que atravesaba el país.

Y pensar que hacía menos de tres meses, en septiembre, en la UCA había fotografiado al Presidente Alfredo Cristiani, a la par del Padre Ignacio Ellacuría, durante un reconocimiento que esa universidad  le otorgó al Presidente de Costa Rica, Oscar Arias.  

Es importante recordar que la comunidad de sacerdotes Jesuitas de la UCA y Monseñor Oscar Arnulfo Romero, desde antes del conflicto, fueron fuertemente atacados y acusados de marxistas en sendos campos pagados que a menudo se publicaban en la “respetable” gran prensa salvadoreña, como los aparecidos en 1979 en La Prensa Gráfica con los siguientes titulares: “Los Jesuitas Manejan a Monseñor Romero como Cualquier Carro”, responsabilizado por la licenciada Juana Castro Lizama. Otro decía “El Retiro de Monseñor” por la licenciada Marta Julia Romero.

También es elemental recordar que en el  año de 1981, los sacerdotes jesuitas de la UCA, fueron señalados y amenazados en un comunicado del Escuadrón de la Muerte auto nombrado como Liga Anticomunista Salvadoreña ( LAS).

Al final todo culminó con el cobarde asesinato de seis sacerdotes y dos laicas durante la ofensiva de noviembre de 1989.

Con el tiempo las investigaciones determinaron fehacientemente, que  los responsables materiales del terrible asesinato de los sacerdotes jesuitas y las dos empleadas, fueron cometidos por  oficiales y soldados del tenebroso Batallón Atlacatl y la información la dio el presidente Cristiani a través de una cadena de radio y televisión el 7 de enero de 1990 donde dijo “que de acuerdo a las conclusiones de la Comisión Investigadora de Hechos Delictivos los responsables de la masacre pertenecen a la Fuerzas Armadas”. 

Y  se responsabilizó  de dar la macabra orden  al Director de la Escuela Militar, el Coronel  Guillermo Benavides.

Estos militares fueron llevados ante los tribunales civiles, el 26 de septiembre de 1991  y tres días después  un jurado los declaró culpables, siendo condenados  a varios años de prisión; pero gracias a una ley de amnistía otorgada por el Gobierno del Presidente Félix Cristiani, poco tiempo después  los culpables materiales del asesinato de los jesuitas     quedaron en libertad.

Los responsables intelectuales y materiales del espantoso crimen de seis sacerdotes jesuitas, dos personas más y de muchos otros cometidos durante la guerra civil salvadoreña, han quedado en la mayor impunidad.

Ciertamente, la justicia en El Salvador,  por el momento, es ciega... y sorda.

1 comentario:

  1. Deseo poder incorporar este relato al contenido de un libro que escribo sobre el tema. ¿Quién y cuando me pueden dar el permiso? Escribo aquí por no poder encontrar la dirección de este Blog. Gracias

    ResponderEliminar