miércoles, 13 de marzo de 2013

ORIGENES DE LA AVIACION NACIONAL

· El anhelo del hombre por emular a las aves en su vuelo es tan antiguo como la misma humanidad, pues, a través del tiempo han existido legendarias narraciones acerca del vuelo, y grandes cantidades vuelos inverosímiles han sido llevadas a cabo. En la actualidad, son muchos los países que han querido para sí, el privilegio de haber sido los primeros en la conquista del espacio aéreo mediante el uso de rudimentarios y raros aparatos voladores. El Salvador, con legítimo orgullo reconoce que tiene un espacio merecido en la historia de la conquista del espacio aéreo, pues, sin ningún fanatismo patrio, reconoce los experimentos que en materia de aviación realizaron varios salvadoreños ilustres en el siglo XIX. De estos experimentos, la tradición cuzcatleca registra tres casos. El primero de ellos, se realizó en lo que hoy en día es Santiago de María, departamento de Usulután, allá por 1790, donde varios lugareños hicieron los primeros intentos de volar, y lograron sus propósitos al surcar pedazos del espacio aéreo durante pocos segundos. Estas personas se amarraron una especie de alas gigantescas hechas de palma, para lo cual tomaron como modelo la de los pájaros, y sobre su cabeza, unos sombreros de palma fuertemente afianzados. Simulando el movimiento batiente de las aves, con ambos brazos agitando las alas, lograron saltar desde una colina a una planicie, aprovechando un estado atmosférico no muy turbulento. Entre estas personas se distinguió Pedro Claros nacido en lo que es ahora San Agustín, departamento de Usulután.

Los otros dos sucesos se registran en San Salvador, entre los años de 1803 a 1810, Domingo Antonio de Lara y Aguilar, prócer de la independencia centroamericana, a quien algunos escritores le han dado el título de matemático y físico; junto a Pedro Alfonso Ramos, matemático y físico, realizaron sus primeros vuelos al lanzarse desde las antiguas torres de la iglesia del barrio de San Jacinto, en rudimentarios aparatos construidos por ellos mismos. Pedro Alfonso Ramos, después de varios años de estudio y pruebas, realizó su primer vuelo, un domingo por la tarde del año de 1809, permaneciendo en el aire alrededor de dos minutos, haciendo un espectacular aterrizaje en la copa de un árbol. Esta hazaña fue repetida muchas veces y siempre durante el día domingo, porque él pensaba que esta era una forma de agradar a los vecinos de este populoso barrio capitalino y por otro lado, le llenaba de satisfacción saber que era admirado por el público; pero al transcurrir el tiempo y por la falta de recursos económicos no pudo continuar con sus experimentos y sus hazañas se perdieron en el olvido.

Domingo Antonio de Lara y Aguilar, después de estudiar y diseñar una basta cantidad de aparatos voladores, decidió construir un planeador bastante rudimentario y logró efectuar desde las torres de la iglesia del barrio de San Jacinto un perfecto vuelo descendente, con tan buena suerte que logró superar las marcas establecidas por su antecesor y contemporáneo Pedro Alfonso Ramos. Luego, mediante mejoras efectuadas a su aparato volador, efectuó vuelos de mayor duración y con mejor control. Un día por la tarde de 1810, muchos antes que los hermanos Wright efectuaran su primer vuelo, despegó desde una las antiguas lomas de Candelaria, rompiendo su récord de vuelo, pero lamentablemente no alcanzó a llegar a la iglesia del barrio de San Jacinto, donde una multitud de personas de diferentes clases le esperaban con inusitada curiosidad, con deseos de conocer al “hombre volador”; ya que una inesperada ráfaga de viento dobló una de las alas y el planeador junto con su tripulante se precipitó a tierra, en el lugar donde hoy existe el Zoológico Nacional, de ahí fue recogido en una camilla con varias fracturas en uno de sus brazos, quedando su aparato completamente destruido. Debido a estos sucesos y a los ruegos de su inquieta y afligida esposa tuvo que abandonar tan importante empresa.

Algunos historiadores atribuyen estos mismos hechos a José Domingo de Lara, cura párroco de la iglesia de San Jacinto, otros por el contrario, niegan la veracidad de estos hechos. Por otro lado, es difícil o quizás imposible presentar testimonios fehacientes de estos acontecimientos, pero si se considera que, el maestro Francisco Gavidia y otros escritores se ocuparon de ellos, es porque de una u otra manera estaban amparados en alguna realidad que grande o pequeña tuvo la fuerza necesaria para activar la imaginación de estos pensadores.

De cualquier manera que haya sido, la existencia de estos relatos demuestran que, como en muchos otros países del mundo y en distintas épocas, el hombre salvadoreño, tuvo también el sublime deseo de imitar el vuelo de los pájaros.

Ya en el presente siglo, la aviación da sus primeros pasos en firme con los vuelos controlados, y es así que en los Estados Unidos de América, los hermanos Wright logran volar por primera vez con un aparato más pesado que el aire el 17 de diciembre de 1903. Tomando esta fecha como punto de partida, el desarrollo de la aviación fue progresivo, pues a escasos nueve años, tenemos el primer avión sobre los cielos de El Salvador.
El 2 de mayo de 1912, arribó a tierras salvadoreñas procedente de Guatemala, el aviador francés Francois Durafour, en un avión “Deperdussin” con motor “Gnome” de 50 caballos de fuerza. Tres días después, efectuó una demostración de sus magníficas cualidades como piloto aviador en el Campo de Marte, hoy parque Infantil.

A las exhibiciones de Durafour siguieron las de otros pilotos, que despertaron el interés del pueblo cuzcatleco por la aviación. Julio Yúdice, fue el primer salvadoreño en graduarse como piloto aviador y el primer piloto con que contó El Salvador. Realizó sus estudios de aviación en San Francisco, California, Estados Unidos de América. Fue un hombre de méritos excepcionales. Era un magnífico diseñador de aeroplanos, a tal grado que él mismo construyó su propio avión. El 10 de agosto de 1913, pidió por cable a la compañía Hall Scott de San Francisco, California, un motor y una hélice. El motor con un peso de 300 libras, era de 80 caballos de fuerza y la hélice tenía 2 metros con 20 centímetros de largo, y gira a 1400 revoluciones por minuto. La estructura del aparato volador, la construyó en los talleres Tinetti de San Salvador.

El avión fue trasladado por partes y en carretas tiradas por bueyes hasta la hacienda Colima a 46 kilómetros de San Salvador, donde se efectuó el primer vuelo, recorriendo una distancia de 50 metros a una altura de 10 metros. Después de haber completado varios vuelo en su aparato, una ráfaga de viento lo hizo detenerse en la copa de un árbol de amate, quedando su avión completamente destruido. A raíz de este accidente, se dedicó a otros menesteres.

Un suceso más que avivó más la inquietud de los salvadoreños por la aviación, fue el hecho que el gobierno mexicano donara al de El Salvador dos aviones del tipo TNCA Serie "A".Tal acontecimiento se inició el 23 de enero de 1917 con la llegada de una comisión integrada por el coronel Adalberto Salinas Carranza, jefe de la Academia de Aviación de México, capitán Felipe Carranza y los tenientes Guillermo Villasaña y Benjamín Vanegas, para hacer efectiva la entrega de dos aeroplanos: uno armado y el otro desarmado, que serviría para repuestos del primero. También hicieron entrega de una estación inalámbrica, que fue bautizada con el nombre de su donador, el entonces Presidente de México, general Venustiano Carranza.


Los aviones venían destinados a la Escuela Politécnica de El Salvador, cuyo director era el mayor José Asencio Menéndez. El primer vuelo de uno de estos se realizó el 23 de febrero de 1917 en la hacienda de Colima propiedad de la familia Orellana Valdés.

El teniente Humberto Aberle, quien se graduó como piloto aviador en la “Radwood Aviation School”, California, Estados Unidos, a finales de 1917, fue el segundo salvadoreño que surcara los cielos patrios al volar por segunda vez, el avión donado por el gobierno mexicano el 2 de mayo de 1918.


LOS AVIADORES EXTRANJEROS:

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, muchos experimentados y entusiastas pilotos, se esparcieron por todo el mundo, haciendo sensacionales exhibiciones de vuelo acrobático que eran del agrado de todos los espectadores. Estas y muchas otras causas más, lograron despertar en las generaciones de los años de 1913 a 1923, las inquietudes que, por imitar el vuelo de las aves sentían, dando por resultado la llegada al país de famosos aviadores como Iván Lamb el 15 de septiembre de 1921, en un avión “Bristol F-2H” propiedad del gobierno hondureño y de Luis Venditti el 9 de febrero de 1922, en un avión “Ansaldo SVA5”, este último deleitó al público cuzcatleco son sus temerarios vuelos sobre San Salvador el 26 de febrero de 1922.

A finales de octubre de 1921, llegó a San Salvador el piloto italiano José Villa, con la idea de fundar una sociedad aeronáutica, la que a inicios de 1922 pasó a llamarse “Sociedad Italo-Salvadoreña”. Esta sociedad adquirió cuatro aeroplanos “SAML” y un “Aviatik”, los cuales fueron desembarcados por el vapor “Cuba” en el puerto de Acajutla el 31 de diciembre de 1922.

Otro suceso de gran trascendencia para la aviación nacional, fue el efectuado por el entonces capitán Humberto Aberle el 16 de diciembre de 1922, al implantar un “récord centroamericano de vuelo a distancia” en un avión “Standard J-1” llamado “San Salvador”, recorriendo una distancia de 500 kilómetros en seis horas de vuelo aproximadamente, desde Tapachula, México, hasta aterrizar en los campos de la finca Venecia. En las condiciones que esta hazaña se realizó, fue una gran aventura, demostrando así el capitán Aberle, su conocimiento en la materia de aviación, razón por la cual el Gobierno salvadoreño le otorgó la “Cruz del Mérito Militar” y a su vez, lo nombró Jefe de la Sección de Aviación del Ministerio de Guerra, para que elaborara todos los proyectos, planes y reglamentos para implementar la aviación en el país.

Otro personaje que contribuyó grandemente a la formación de la aviación en El Salvador, fue el piloto italiano Enrico Massi. Massi había llegado a Honduras con el propósito de fundar una escuela de aviación, proyecto que no pudo culminar por no tener el apoyo necesario de las autoridades de ese país. Encontrándose en Tegucigalpa, Massi fue invitado por las autoridades salvadoreñas para que realizara una serie de vuelos acrobáticos sobre San Salvador en un avión “Caudron G.III”, como parte de los festejos de la ascensión a la primera magistratura del doctor Alfonso Quiñónez Molina.

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