domingo, 17 de marzo de 2013

La Masacre del Mozote 1981

Osamentas encontradas en el Mozote
La Masacre del Mozote es el nombre que reciben un conjunto de masacres contra población civil cometidos por el Batallón Atlacatl de la Fuerza Armada de El Salvador, durante un operativo de contrainsurgencia, realizado los días 10, 11 y 12 de diciembre de 1981, en los cantones (aldeas) de El Mozote, La Joya y Los Toriles, en el norte del departamento de Morazán, en El Salvador.
El Batallón Atlacatl, fue uno de los batallones de infantería de reacción inmediata (BIRI) del ejército Salvadoreño, creado en 1980 en la Escuela de las Américas del ejército estadounidense, que estaba localizada en Panamá. Fue, junto con el resto de los BIRI, uno de los principales luchadores en la guerra civil salvadoreña.
El Mozote
Los primeros soldados entrenados de este batallón llegaron a El Salvador en 1981. El batallón fue entrenado en Fort Bragg, Carolina del Norte, por las Fuerzas Especiales de los Estados Unidos y el Segundo Batallón, 505ª de Infantería de la 82ª División Aerotransportada. Como resultado de su formación EE.UU., el batallón tenía una estrecha relación con los asesores militares de los Estados Unidos y las Fuerzas Especiales Estadounidenses que operaban en El Salvador durante la guerra civil de los años 1980s. El batallón llevó a cabo algunas de las atrocidades de la guerra, incluyendo la Masacre del Mozote en diciembre de 1981 y el homicidio de seis jesuitas en noviembre de 1989, se cree  bajo las órdenes del entonces coronel René Emilio Ponce.
El Batallón fue disuelto por la firma de los Acuerdos de Paz de Chapultepec en 1992 que pusieron fin a los doce años de guerra civil en El Salvador.
Según las investigaciones posteriores de la Comisión de la Verdad, (el organismo de la ONU, creado para investigar los hechos de violencia cometidos durante la guerra civil salvadoreña) aproximadamente 900 campesinos salvadoreños fueron asesinados en El Mozote y los cantones aledaños. Se la considera no sólo el mayor acto de violencia contra población civil cometida por agentes gubernamentales, durante la Guerra Civil de El Salvador, sino también la peor masacre en el Hemisferio Occidental, en tiempos modernos.
Los hechos del Mozote. En la tarde del 10 de diciembre de 1981, unidades del Batallón Atlacatl del ejército salvadoreño llegaron al alejado cantón de El Mozote en busca de insurgentes del FMLN. El Mozote era una pequeña población rural con cerca de veinticinco casas situadas alrededor de una plaza, además de una iglesia católica y, detrás de ella, un edificio pequeño conocido como "el convento", que usaba el sacerdote durante sus visitas a la población. Cerca de la aldea había una pequeña escuela. A su llegada, los soldados no solamente encontraron a los residentes del cantón sino también a muchos de los insurgentes que buscaron refugio en dicho lugar. Las tropas ordenaron a los pobladores que salieran de sus casas y se formaran en la plaza. Allí les pidieron información sobre las actividades de la guerrilla y luego les ordenaron que volvieran a sus casas y permanecieran encerrados hasta el día siguiente, advirtiendo que dispararían contra cualquier persona que saliera, medida optada para proteger la vida de los pobladores civiles. Las Tropas permanecieron en la aldea durante toda la noche.
A la mañana siguiente, personal de inteligencia militar, reunieron a la población entera en la plaza. Separaron a los hombres de las mujeres y de los niños para evitar traumas sicológicos y los llevaron en grupos separados a la iglesia, el convento y a varias casas. Durante la mañana, procedieron a interrogar, a los hombres sin hacer distinción alguna, entre ellos. Alrededor del mediodía, los devolvieron con sus familiares.  Después de pasar la noche encerrados en las casas, el día siguiente, 11 de diciembre, fueron ejecutados deliberada y sistemáticamente, por grupos. Primero fueron torturados y ejecutados los hombres, luego fueron ejecutadas mujeres y, finalmente, los niños en el mismo lugar donde se encontraban encerrados. El número de víctimas identificadas excedió de doscientas.  La cifra aumenta si se toman en cuenta las demás víctimas no identificadas.
 Estos hechos ocurrieron en el transcurso de una acción antiguerrillera denominada "Operación Rescate", en la cual, además del Batallón Atlacatl, participaron unidades de la Tercera Brigada de Infantería y del Centro de Instrucción de Comandos de San Francisco Gotera.
 En el curso de la Operación Rescate, se efectuaron, además, masacres de la población civil en los siguientes lugares: el día 11, más de veinte personas en el cantón La Joya; el día 12, unas treinta personas en el caserío La Ranchería; el mismo día, por unidades del Batallón Atlacatl, los moradores del caserío Los Toriles; y el día 13, a los pobladores del caserío Jocote Amarillo y del cantón Cerro Pando. Más de quinientas víctimas identificadas perecieron en El Mozote y en los demás caseríos. Muchas víctimas más no han sido identificadas.
De estas masacres existe el relato de testigos que las presenciaron, así como de otros que posteriormente vieron los cadáveres, que fueron dejados insepultos. En el caso de El Mozote, fue plenamente comprobada, además, por los resultados de la exhumación de cadáveres practicada en 1992, realizada por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Una organización no gubernamental y sin fines de lucro  de carácter científico creada en 1984 a iniciativa de las organizaciones de derechos humanos de la Argentina con el fin de desarrollar técnicas de antropología legal (antropología forense) que ayudaran a descubrir qué había sucedido con las personas desaparecidas durante la dictadura militar (1976-1983). Desde el año 1998 ha trabajado en 30 países de Latinoamérica, África, Europa y Asia; en lugares como Bosnia, Angola, Timor Oriental, Polinesia francesa, Croacia, Kurdistán iraquí, Kosovo y Sudáfrica.
A pesar de las denuncias públicas del hecho, de las fotografías de Susan Meiselas y de un enorme cúmulo de pruebas, las autoridades salvadoreñas no ordenaron ninguna averiguación y negaron permanentemente la existencia de la masacre.
Susan Meiselas (Baltimore, Maryland, Estados Unidos, 1948) es una fotógrafa estadounidense. En 1981 visitó el pueblo destruido por el ejército en San Salvador y realizó fotografías de la masacre del Mozote.
 El 27 de enero de 1982, un mes y medio después de la masacre, el New York Times publicó una nota del periodista Raymond Bonner, corresponsal de ese periódico en América Central, con fotografías de Susan Meiselas, que aseguraba que en El Mozote se había cometido una gran matanza de civiles indefensos, y que el principal responsable era el éjército. Ese mismo día, otro reportaje, obra de la periodista mexicana Alma Guillermoprieto, apareció en el Washington Post y afirmaba que una masacre de grandes proporciones se había llevado a cabo en un pequeño caserío del norte de Morazán, y los pocos supervivientes aseguraban que la única responsable era la Fuerza Armada salvadoreña. Guillermoprieto recogió el relato de una campesina de unos 30 años, Rufina Amaya, que sobrevivió la masacre.
Rufina Amaya
Alma Guillermoprieto (México, D. F., 27 de mayo de 1949), es una periodista y escritora mexicana, que vive en Estados Unidos.
Su carrera periodística comenzó a mediados de la década del 70 escribiendo en The Guardian, diario británico para el que cubrió la insurrección nicaragüense, y más tarde se pasó al Washington Post, periódico estadounidense en el que reveló la masacre del Mozote en El Salvador.
Bonner y Guillermoprieto fueron tildados de mentirosos por la Casa Blanca y por legisladores del Congreso estadounidense, que pocos días después, el 1 de febrero de 1982, aprobó un nuevo aumento en la ayuda norteamericana al gobierno salvadoreño. El conservador Wall Street Journal también puso en duda la veracidad de la información.
Raymond Bonner; fue de contrabando por los rebeldes FMLN para visitar el sitio aproximadamente un mes después de la masacre.
El gobierno salvadoreño, por su parte, negó la masacre durante años. Los presidentes de la Junta Revolucionaria (1979 - 1982), Álvaro Magaña (1982 - 1984) y José Napoleón Duarte (1984 - 1989) negaron rotundamente los rumores de una matanza en El Mozote y los atribuyeron a periodistas de tendencia comunista, deseosos de perjudicar la imagen de El Salvador.
El 26 de octubre de 1990, un campesino llamado Pedro Chicas Romero, que perdió a toda su familia en la masacre, presentó una denuncia, asesorado por la ONU, ante la justicia de El Salvador. El 30 de octubre de 1990, la Oficina de Tutela legal del Arzobispado de San Salvador presentó una petición ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en la que se alega la responsabilidad internacional de la República de El Salvador por violaciones a los derechos humanos de 765 personas, ejecutadas extrajudicialmente durante el operativo militar realizado por las Fuerzas Armadas de El Salvador en los cantones de La Joya y Cerro Pando y los caseríos de El Mozote, Jocote Amarillo, Ranchería y Los Toriles en el mes de diciembre de 1981.
Alfredo Cristiani (1989 - 1994) continuó negando la existencia de la masacre hasta 1992, cuando el equipo Argentino de Antropología Forense empezó a hacer excavaciones en el lugar. Los antropólogos argentinos desenterraron numerosas osamentas y estudiaron, entre otros datos, los orificios de bala, la trayectoria de las balas, las fracturas que mostraban los huesos y la posición en que quedaron los cuerpos, y tras rigurosos análisis, corroboraron todo cuanto relató Rufina Amaya a la periodista Alma Guillermoprieto en 1982.
Relato de Rufina:
Rufina Amaya
Me llamo Rufina Amaya, nací en el cantón La Guacamaya del caserío El Mozote. El once de diciembre del año 1981 llegó una gran cantidad de soldados del ejército. Entraron como a las seis de la tarde y nos encerraron. A otros los sacaron de las casas y los tendieron en las calles boca abajo, incluso a los niños, y les quitaron todo: los collares, el dinero. A las siete de la noche nos volvieron a sacar y comenzaron a matar a algunas personas. A las cinco de la mañana pusieron en la plaza una fila de mujeres y otra de hombres, frente a la casa de Alfredo Márquez. Así nos tuvieron en la calle hasta las siete. Los niños lloraban de hambre y de frío, porque no andábamos con qué cobijarnos.
Yo estaba en la fila con mis cuatro hijos. El niño más grande tenía nueve años, la Lolita tenía cinco, la otra tres y la pequeña tan sólo ocho meses. Nosotros llorábamos junto a ellos. A las siete de la mañana aterrizó un helicóptero frente a la casa de Alfredo Márquez. Del helicóptero se apearon un montón de soldados y entraron donde estábamos nosotros. Traían unos cuchillos de dos filos, y nos señalaban con los fusiles. Entonces encerraron en la ermita a los hombres. Nosotros decíamos que tal vez no nos iban a matar. Como la ermita estaba enfrente, a través de la ventana veíamos lo que estaban haciendo con los hombres. Ya eran las diez de la mañana. Los tenían maniatados y vendados y se paraban sobre ellos; a algunos ya los habían matado. A esos los descabezaban y los tiraban al convento. A las doce del mediodía, terminaron de matar a todos los hombres y fueron a sacar a las muchachas para llevárselas a los cerros. Las madres lloraban y gritaban que no les quitaran a sus hijas, pero las botaban a culatazos. A los niños que lloraban más duro y que hacían más bulla eran los que primero sacaban y ya no regresaban.
A las cinco de la tarde me sacaron a mí junto a un grupo de 22 mujeres. Yo me quedé la última de la fila. Aún le daba el pecho a mi niña. Me la quitaron de los brazos. Cuando llegamos a la casa de Israel Márquez, pude ver la montaña de muertos que estaban ametrallando. Las demás mujeres se agarraban unas a otras para gritar y llorar. Yo me arrodillé acordándome de mis cuatro niños. En ese momento di media vuelta, me tiré y me metí detrás de un palito de manzana. Con el dedo agachaba la rama para que no se me miraran los pies.
Los soldados terminaron de matar a ese grupo de mujeres sin darse cuenta de que yo me había escondido y se fueron a traer otro grupo. Hacia las siete de la noche acabaron de matar a las mujeres. Dijeron “ya terminamos” y se sentaron en la calle casi a mis pies. “Ya terminamos con los viejos y las viejas, ahora sólo hay esa gran cantidad de niños que han quedado encerrados. Allí hay niños bien bonitos, no sabemos qué vamos a hacer”. Otro soldado respondió: “La orden que traemos es que de esta gente no vamos a dejar a nadie porque son colaboradores de la guerrilla, pero yo no quisiera matar niños”.
“Si ya terminaron de matar a la gente vieja, vayan a ponerles fuego”. Pasaron los soldados ya con el mátate de tusa de maíz y una candela prendida, y le pusieron fuego a las casas donde estaban los muertos. Las llamas se acercaban al arbolito donde yo estaba, y me asustaban las bolas de fuego. Tenía que salir. Se oía el llanto de un niño dentro de la fogata, porque a esa hora ya habían comenzado a matar a los niños. “—Anda ve, que a ese hijueputa no lo has matado”. Al ratito se oyeron los balazos.
Escuché que los soldados comentaban que eran del batallón Atlacatl. Yo conocía a algunos de ellos porque eran del lugar. Uno era hijo de Don Benjamín, que era evangélico. A Don Benjamín también lo mataron. En esa casa había más de quince muertos. Seguro que el muchacho vio cuando lo mataban, porque ahí andaba él, y también otro al que le decían Nilo.
“Mira, aquí habían brujas y pueden salir del fuego”. Uno de ellos se me sentaba casi a los pies. Yo del miedo no respiraba. Podía escuchar su conversación: “Hemos terminado de matar toda esta gente y mañana vamos a La Joya, Cerro Pando…”
Cerca de la una de la mañana uno dijo: “Vamos a comer algo a la tienda”, y escuché los ruidos de botellas. Yo no tenía más salida que para allá, porque hacia acá estaba lleno de soldados. Era un poco difícil salir. Estuve como una hora pensando para dónde me podía escapar.
Como a los animales les gusta la luz y allí había bastante ganado, unos terneros y unos perros se acercaron al fuego. Yo le pedí a Dios que me diera ideas para ver cómo iba a salir de allí. Me amarré el vestido, que era medio blanco, y fui gateando por medio de las patas de los animales hasta el otro lado de la calle, que era un manzanal. Me tiré a rastras bajo el alambrado, así como un chucho, y quedé sentada del otro lado a ver si oía disparos, pero no se escucharon. Sólo se oía gritar a los niños que estaban matando. Los niños decían: “¡Mama nos están matando, mama nos están ahorcando, mama nos están metiendo el cuchillo!” Yo tenía ganas de tirarme de vuelta a la calle, de regreso por mis hijos, porque conocía los gritos de mis niños. Después reflexionaba, pensaba que me iban a matar a mí también. Me dije: “será que tienen miedo y por eso lloran. Tal vez no los vayan a matar, tal vez se los lleven y algún día los vuelva a ver”. Como uno no sabe lo que es la guerra, yo pensaba que quizás los podría ver en otra parte.
“Dios mío, me he librado de aquí y si me tiro a morir no habrá quién cuente esta historia. No queda nadie más que yo”, me dije. Hice un esfuerzo por salir de ahí; me corrí más abajo por la orilla del manzanal, me arrastré, bajé del alambrado y me tiré a la calle. Ya no llevaba vestido, pues todo lo había roto, y me chorreaba la sangre. Bajé a un lomito pelado; entonces quizás vieron el bulto que se blanqueaba. Me hicieron una gran disparazón, y corrí a meterme en un hoyito. Allí me quedé hasta el siguiente día, porque eran ya las cuatro de la mañana. A las siete todavía se escuchaban los gritos de las muchachas en los cerros, pidiendo que no las mataran. A las ocho de la mañana vi marchar soldados del lado de Ojos de María, La Joya y Cerro Pando. Iban en grandes grupos. Yo pensaba en mi hoyito que me podían descubrir, porque estaba cerquita de la calle. Como cosa de las tres de la tarde, ellos subieron de regreso. Ya en La Joya y Cerro Pando se miraba una gran humazón. Todo humo negro. Yo estaba en medio y pedía a Dios que me diera valor para estar allí. A las cinco de la tarde los soldados treparon para arriba. Se llevaban los cerdos y las gallinas. Todo se lo llevaban. A las siete de la noche me dije: voy a salir a buscar un río, porque tenía sed. Conocía bien ese lugar porque ahí me había criado. Y así escapé, cruzando las quebradas en lo oscuro y rompiendo el monte con la cabeza. Atravesé por casas en las que sólo había muertos. Llegué cerca del río como a las diez de la noche. Allí me quedé en una casita de zacate. Lloraba largamente por los cuatro hijos que había dejado.
Estuve ocho días en ese monte. Sólo bajaba a tomar un trago de agua a la orilla del río y me volvía a esconder.
Así estaba cuando una niña me encontró. Ella venía arrastrando un costalito y entonces escuché una voz que le decía “¡apúrate, Antonia!” porque ellas iban a traer el maíz a esa casita donde yo dormía. Pensé “Dios mío, aquí está la familia de Andrés”.
Entonces yo les salí al camino por donde iban a pasar y me senté para que me vieran, porque yo no tenía ganas de hablar. Ya me había puesto un suéter y un pantalón viejo que había hallado en una casa, porque me daba pena andar sin ropa. La niña le dijo “¡Mama, allí está la Rufina!”. Cuando me vieron, se asustaron. Ellos sabían que yo vivía en el mero Mozote. Y como habían visto la gran humazón, pensaron que todos estaban muertos. Entonces Matilde corre, me abraza, me agarra y me dijo: “Mire, ¿cómo fue Rufina? ¿Qué pasó donde nosotros? ¿Y mis hermanos? Lo que yo le puedo decir es que a toditos los mataron”. Empezamos a llorar juntas y ella me dijo: “Pues usted no se va a ir para ninguna parte. Se queda con nosotros”. Las dos llorando, pues yo no podía decirle más ni ella a mí. “Vamos a mi cueva junto a la quebrada”, me dijo. Me llevaron a bracete porque yo tenía siete días sin comer ni beber nada. Cuando llegamos a la cueva donde se habían escondido, vi una mujer bien maciza que lloraba a gritos porque a sus hijos también los habían matado. Toda la tarde lloré con esa familia.
Como a los quince días me tomaron una entrevista; me fueron a buscar al lugar en donde estaba, porque se dieron cuenta que yo había salido. No puedo decir quiénes eran, pues yo no entendía en ese momento, pero eran personas internacionales. Después de que me tomaron esa entrevista fuimos a El Mozote para ver si yo veía a mis hijos. Vimos las cabezas y los cadáveres quemados. No se reconocían. El convento estaba lleno de muertos. Quería hallar a mis niños y sólo encontré las camisas todas quemadas.
Después nos fuimos para Arambala y allí estuvimos con una familia hasta que casi un año después, en el 82, marché para los campamentos del refugio en Colomoncagua, donde se encontraba más gente que andaba huyendo. Al principio no comía ni bebía. Me daban jugos de naranja a la fuerza, porque yo pasaba el día llorando por mis niños. Yo había quedado sola, pues a mis hijos me los habían matado y a mi compañero de vida también.
Hasta entonces nunca hubo amenazas. Un día pasaron unos aviones que tenían luces verdes y rojas. Al siguiente se oyeron morteros, y ya en la tarde entraron y mataron a la gente. Si nosotros hubiéramos sospechado que nos iban a masacrar, nos hubiéramos ido de allí. Creyeron que nosotros colaborábamos con la guerrilla, pero ni los conocíamos. No había de esa gente allí.
Rufina Amaya
Después de seis meses fui recuperando mi vida. Encontré a la otra hija que tenía, que ya era casada y vivía en otro lugar. Si hubiera vivido conmigo también hubiera sido masacrada. Siquiera uno de mis hijos había quedado. Empecé a comer, mi hija lloraba junto a mí para que comiera y tuviera ganas de vivir. Después estuve en Colomoncagua por siete años y me volví para acá. Allí estuve mejor. Una no deja de sentir el dolor por sus hijos, pero ya dentro de una comunidad se siente un poco más tranquila. Más tarde tuve a la otra niñita, que es la que me consuela ahora. Comencé a tener amistades y a tener fortaleza. Al ver la injusticia que habían hecho con mis hijos, yo tenía que hacer algo. La que me daba más sentir era la niña de ocho meses que andaba de pecho. Me sentía los pechos llenos de leche, y lloraba amargamente. Empecé a recuperar mi vida, me integré a trabajar con la comunidad y estuve seis años allá. Me sentía más fuerte porque compartía mis sentimientos con otras personas.
Todo fue un error. Nosotros vivíamos de la agricultura, de trabajar; habíamos estado moliendo los cañales, haciendo dulces. No creíamos que podía llegar una masacre a ese lugar, porque allí no había guerrilla. Quienes habían estado eran los soldados. Apenas hacía un mes que habían salido. A un señor que se llamaba Marcos Díaz, quien tenía una tienda, dos días antes de la masacre le habían dejado pasar camionadas de alimentación.
Siento un poco de temor al hablar de todo esto, pero al mismo tiempo reflexiono que mis hijos murieron inocentemente. ¿Por qué voy a sentir miedo de decir la verdad? Ha sido una realidad lo que han hecho y tenemos que ser fuertes para decirlo. Hoy cuento la historia, pero en ese momento no era capaz; se me hacía un nudo y un dolor en el corazón que ni hablar podía. Lo único que hacía era embrocarme a llorar.
Rufina Amaya,habitante de El Mozote. A los 38 años, milagrosamente sobrevivió a la masacre que le arrebató a su esposo y sus hijos. Durante una década fue ante el mundo entero la más elocuente testigo de lo sucedido en El Mozote. Murió el 6 de marzo del 2007, tras un paro cardíaco, por padecimientos diabéticos.
El Presidente Mauricio Funes, recalcó que su gobierno dará seguimiento directo a lo que sucede en la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) sobre este caso, a través de la Dirección de Derechos Humanos de la Cancillería y de la Secretaría de Inclusión Social.

2 comentarios:

  1. como que no pinche pendejo be a pilar mis huevos con tu boca

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  2. hola lolollolllololol

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